Por Octavio de la Torre de Stéffano
Presidente de CONCANACO SERVYTUR México y de la Asamblea Nacional de Empresas y Negocios Familiares G32
Davos 2026 confirmó una realidad que en México se vive desde hace tiempo en el comercio, en los servicios y en el turismo: la economía dejó de ser solo economía. Hoy se define en un tablero geopolítico donde las decisiones de las potencias influyen directamente en los precios, el crédito, la logística, la inversión y el consumo.
Por eso es importante entender qué representa Davos. No es un evento protocolario ni una reunión decorativa. Es un foro de grandes inversiones, donde se conversan proyectos que pueden transformar regiones enteras: infraestructura, energía, tecnología, manufactura, turismo y conectividad global. Ahí se toman decisiones que abren o cierran puertas, que aceleran o frenan el crecimiento de países.
En ese contexto, fue acertado que México tuviera presencia con visión estratégica. Alicia Bárcena, secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, y Altagracia Gómez, coordinadora del Consejo Asesor de Desarrollo Económico Regional y Relocalización, participaron con un mensaje de certidumbre: México tiene condiciones para atraer inversión productiva y aprovechar la nueva reconfiguración global a través de infraestructura, sostenibilidad y relocalización de cadenas de valor (nearshoring). Su participación transmitió un punto esencial: México no es espectador de la transición global; busca convertirse en protagonista con una ruta clara y coordinación institucional.
Sin embargo, Davos también reflejó un mundo que se endurece. Estados Unidos insistió en una narrativa de presión comercial y defensa de intereses nacionales, bajo la lógica de “seguridad primero”: acuerdos condicionados, tarifas como instrumento y una globalización limitada por controles y prioridades internas.
El mensaje fue contundente: la globalización ya no es una autopista abierta; es una carretera con casetas, controles y costos crecientes.
El mensaje fue contundente: la globalización ya no es una autopista abierta; es una carretera con casetas, controles y costos crecientes.
En contraste, Europa sostuvo un discurso de cooperación con reglas, unidad regional e inversión estratégica. China apareció como actor estructural: potencia industrial y tecnológica que seguirá marcando las cadenas globales. Y Ucrania dejó un mensaje contundente: sin seguridad, no hay estabilidad económica posible.
En medio de estas posturas emergió una reflexión que no debe pasar desapercibida. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, habló de la responsabilidad de las “potencias intermedias”: países con peso económico real, capaces de equilibrar el sistema sin aspiración hegemónica, tendiendo puentes y defendiendo reglas claras. La idea es relevante: no se trata de elegir bandos, sino de construir equilibrio y evitar que el comercio se convierta en coerción.
La lectura se refuerza con la perspectiva del autor Kevin Rudd, quien advierte que el conflicto entre Estados Unidos y China es una competencia sistémica: no es coyuntural ni electoral, es histórica. En ese choque Oriente–Occidente, los riesgos crecen: más barreras, más volatilidad, más incertidumbre para países y sectores productivos que dependen del comercio global.
Pero hay una verdad que pocas veces se expresa con crudeza: las potencias negocian desde arriba y las crisis se pagan desde abajo.
Y abajo, en México, hay un pilar que sostiene la economía real: los negocios familiares.
Y abajo, en México, hay un pilar que sostiene la economía real: los negocios familiares.
Los negocios familiares no tienen margen para la incertidumbre permanente. La tormenta se refleja en la caja registradora: insumos más caros, volatilidad cambiaria, logística insegura, presión crediticia y consumidores cautelosos. Cada error pesa más. Cada día sin ventas cuesta el doble.
Y aun así, ahí están. En el territorio. En la comunidad. En la economía que sí existe. La tienda, la fonda, el taller, la papelería, el hotel local, la agencia de viajes. Empresas con historia y con apellido. Negocios que no especulan: trabajan. Negocios que no migran capital: reinvierten donde nacieron.
El reto para México es enorme: convertir este nuevo orden mundial en una oportunidad estratégica. Nearshoring, turismo, conectividad, servicios, digitalización e innovación pueden ser palancas reales, pero solo si se aterrizan en territorio, si fortalecen proveeduría local, si generan capacidades y si elevan productividad.
Por eso hoy se requiere unidad: sector empresarial unido y gobierno con visión de Estado. No podemos entrar a la era de los bloques divididos internamente. Cuando el mundo se fragmenta, México no puede fracturarse.
La agenda es clara: defender el mercado interno, impulsar productividad, formalización accesible, capacitación digital y financiamiento útil —no burocrático—. Porque en esta disputa global, México solo tendrá fortaleza si su base está sólida.
Por el bien de México, primero los negocios familiares
Y aquí conviene decirlo con claridad, desde una frase que ya es referencia pública: “Por el bien de México, primero los pobres.” Coincidimos en el principio. Pero hoy, ante esta transformación global, hace falta completarlo con una verdad económica y social igual de urgente: por el bien de México, primero los negocios familiares. Porque son ellos quienes sostienen el empleo, el consumo y la estabilidad local. Si queremos prosperidad compartida, debemos pensar en grande por los pequeños.
Davos mostró el mapa del conflicto. El territorio muestra la realidad. Y ahí se decide la economía verdadera: proteger y fortalecer a los negocios familiares no es un discurso, es una estrategia nacional.


