Por Octavio de la Torre de Stéffano
Presidente de CONCANACO SERVYTUR México
México no despierta primero en los grandes corporativos. Despierta en la tienda de la esquina, en el mercado, en la fonda, en la papelería, en el restaurante familiar, en el taller, en la estética, en el pequeño hotel, en la agencia de viajes, en el comercio local y en los negocios que todos los días levantan la cortina antes de saber si venderán lo suficiente para pagar renta, nómina, proveedores, servicios e impuestos.
Ese México es el que sostiene la economía real.
En el Día Internacional de las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas vale la pena decirlo con claridad: hablar de MiPyMEs en nuestro país es hablar, en gran medida, de negocios familiares. No se trata únicamente de unidades económicas; se trata de patrimonio, esfuerzo, empleo, arraigo, identidad y continuidad generacional.
Una empresa familiar es aquella unidad económica, sin importar su tamaño o sector, en la que una o varias personas vinculadas por lazos de parentesco poseen participación significativa en la propiedad, influyen en la toma de decisiones y tienen la intención de asegurar la continuidad del negocio a través de una o más generaciones.
Esa definición importa porque cambia la forma de ver la política económica. Cuando un trámite se complica, no se afecta a un expediente: se afecta a una familia. Cuando un permiso tarda, no se detiene un papel: se detiene una inversión. Cuando la formalidad se vuelve costosa, no se castiga a una estadística: se frena a quien quiere crecer.
Los datos son contundentes. En México existen alrededor de 6.1 millones de empresas MiPyMEs, que representan 99.8% del total de unidades económicas del país. Solo 0.2%, equivalente a 12,497 empresas, son grandes. Esto significa que la inmensa mayoría del tejido productivo nacional no está compuesta por grandes estructuras corporativas, sino por micro, pequeñas y medianas unidades que operan todos los días cerca de la gente.
Dentro de esa estructura, las microempresas son la base más amplia: suman 5.7 millones, equivalentes a 94.3% del total de MiPyMEs. Las pequeñas empresas representan 4.7%, con 284 mil unidades, y las medianas 0.9%, con cerca de 53 mil. Dicho de otra manera: México es un país de pequeños negocios, de negocios familiares y de unidades económicas que viven al día, pero que sostienen una parte fundamental del empleo y del consumo interno.
El reto está en la formalidad. Del total de MiPyMEs, solo 33%, es decir, alrededor de 2 millones, operan formalmente. El 67%, equivalente a 4.1 millones, se mantiene en la informalidad. En las microempresas, el desafío es todavía más profundo: 75% son informales. En las pequeñas, la informalidad alcanza 30%, y en las medianas, 10%.
Esta realidad no puede leerse como falta de voluntad. Muchas veces es consecuencia de un sistema que exige más de lo que facilita. La informalidad no se combate solo con sanciones; se combate haciendo que la formalidad convenga.
El empleo confirma la dimensión del reto. Las MiPyMEs generan 50.6 millones de empleos formales e informales, equivalentes a 85.1% del empleo total considerado en los diagnósticos. Las grandes empresas generan 14.7%. Además, las MiPyMEs concentran 70.7% del empleo formal y 96.7% del empleo informal.
Ahí está la paradoja: quienes más empleo generan son también quienes enfrentan mayores barreras para crecer, formalizarse, acceder a crédito, digitalizarse y protegerse.
La economía informal representa 55.4% del empleo total, mientras que el empleo formal alcanza 44.6%. Son millones de personas que trabajan, producen, venden, transportan, atienden, cocinan, limpian, reparan, administran y sostienen cadenas de valor, pero muchas veces sin acceso pleno a seguridad social, financiamiento o derechos.
Por eso la discusión no debe ser si las MiPyMEs son importantes. Eso ya está demostrado. La discusión real es qué condiciones les estamos dando para sobrevivir, formalizarse y crecer.
En términos de Producto Interno Bruto, las MiPyMEs generan 52% del PIB, mientras que las grandes empresas aportan 48%. Las empresas formales generan 74.6% del PIB y la economía informal 25.4%. Dentro de la contribución formal, las MiPyMEs aportan 26.6% y las grandes empresas 48%.
La lectura es clara: si logramos que más negocios familiares transiten a la formalidad con incentivos reales, México no solo recaudaría más; también tendría empresas más fuertes, empleos mejor protegidos, mayor productividad, más acceso al financiamiento y una base económica más estable.
Pero para lograrlo debemos dejar atrás una visión equivocada: pensar que formalizar es llenar formatos. Formalizar debe significar abrir puertas.
Hoy una persona física, una microempresa o un negocio familiar no puede enfrentar la misma carga administrativa que una gran empresa. De acuerdo con los datos disponibles, dentro del universo de empresas formales, 99.9% son MiPyMEs; de ellas, 82% son personas físicas y 18% personas morales. Esto obliga a diseñar políticas diferenciadas, simples y realistas. No se puede pedir lo mismo a quien tiene un departamento jurídico que a quien atiende el mostrador y al mismo tiempo hace compras, paga nómina y revisa inventario.
A ello se suma otro dato relevante: una parte importante de las unidades económicas no logra consolidarse. Las microempresas concentran una proporción significativa de negocios de reciente creación y jóvenes. En contraste, las empresas de mayor tamaño tienen mayores porcentajes de permanencia. Esto revela un problema estructural: muchos negocios nacen, pero pocos logran sobrevivir, crecer y pasar a la siguiente generación.
No es falta de esfuerzo. Es falta de condiciones.
Entre las principales barreras están el costo del financiamiento, que puede rondar 25.8% en promedio; el rechazo de créditos por no poder comprobar ingresos, que afecta a 20.7% de empresas; la baja inclusión y alfabetización financiera; el rezago en digitalización; la falta de infraestructura y conectividad; la fragmentación de programas de apoyo y la falta de articulación institucional.
Cada una de estas barreras tiene rostro. Es el negocio que no puede comprar una terminal porque las comisiones son altas. Es la fonda que no accede a crédito porque no puede comprobar ingresos de la forma que le piden. Es el comercio que quiere digitalizarse, pero no tiene conectividad suficiente. Es la empresa familiar que busca contratar, pero enfrenta costos crecientes. Es quien quiere cumplir, pero se pierde entre trámites estatales, municipales y federales.
Por eso desde CONCANACO SERVYTUR México hemos planteado una agenda nacional para convertir esfuerzo en oportunidades y resistencia en crecimiento.
Esa agenda actúa en siete frentes: formalidad, digitalización, financiamiento, simplificación, seguridad social, seguridad y fortalecimiento del consumo local.
En formalidad, impulsamos mejoras al régimen tributario, esquemas que incentiven el ingreso a la economía local, deducibilidad de la nómina exenta y apoyos para enfrentar nuevas cargas laborales. En digitalización, proponemos ampliar pagos digitales en pequeños negocios, reducir comisiones en terminales de punto de venta y facilitar herramientas como CoDi y DiMo. En financiamiento, planteamos nuevos modelos de crédito para microempresas, fondos de apoyo y mayor participación de MiPyMEs en adquisiciones públicas.
En simplificación, la prioridad es clara: reducir trámites estatales y municipales y consolidar una Ventanilla Digital Nacional de Negocios Familiares para establecimientos mercantiles. En seguridad social, buscamos esquemas viables que amplíen la base sin ahogar a los negocios. En seguridad, impulsamos canales directos de atención, rutas seguras y modelos de denuncia anónima contra la extorsión. Y en consumo local, fortalecemos programas que hacen visible el orgullo y la fuerza de nuestros negocios, como Viernes Muy Mexicano, La Gran Escapada, Nido Empresarial, México Muy Mexicano, El Buen Fin, Feria de Regreso a Clases y Feria del Hogar.
La simplificación merece una mención especial. México no puede seguir pidiendo a sus negocios familiares que compitan en el siglo XXI con trámites del siglo pasado. La ventanilla física, la firma autógrafa, la copia innecesaria, el criterio discrecional y el requisito duplicado se convierten en costos invisibles que pagan los pequeños negocios.
Por eso reconocemos la apertura del Gobierno de México, encabezado por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, para avanzar en una agenda de simplificación y digitalización. Desde CONCANACO SERVYTUR hemos trabajado con su equipo y con la Agencia de Transformación Digital en la construcción de la Ventanilla Única de Establecimientos Mercantiles, una herramienta que responde a una demanda histórica: que abrir, operar y mantener un negocio sea más fácil, más rápido y más transparente.
Pero el avance federal debe aterrizar en estados y municipios. Ahí está el último mostrador. Ahí es donde el negocio familiar enfrenta la realidad. Ahí es donde una licencia, un permiso o una renovación pueden significar la diferencia entre abrir o cerrar.
Cada presidenta y presidente municipal debe entender que simplificar no es perder control; es ganar desarrollo. Digitalizar no es un lujo; es una condición de competitividad. Reducir trámites no es relajar la ley; es hacer que la ley se pueda cumplir.
La formalidad debe convenir, no asfixiar.
Si queremos que más negocios entren a la formalidad, deben ver beneficios claros: acceso a crédito, seguridad social viable, capacitación, herramientas digitales, promoción, participación en compras públicas, protección frente a delitos y trámites simples. La formalidad no puede ser solo obligación; debe ser una ruta de crecimiento.
México necesita una clase media fuerte, y una clase media fuerte se construye con negocios familiares fuertes. Cuando un negocio familiar crece, no solo mejora su dueño; mejora la comunidad. Se genera empleo, se compra a proveedores locales, se mueve el consumo, se paga renta, se fortalece el barrio y se hereda una oportunidad a la siguiente generación.
El país que abre la cortina todos los días no pide privilegios. Pide condiciones.
Condiciones para cumplir.
Condiciones para invertir.
Condiciones para contratar.
Condiciones para vender.
Condiciones para formalizarse.
Condiciones para crecer.
Ese debe ser el verdadero sentido del Día Internacional de las MiPyMEs: dejar de verlas como un sector que resiste y empezar a tratarlas como el centro de una estrategia nacional de prosperidad.
Porque si 99.8% de las unidades económicas son MiPyMEs, entonces la política económica debe pensarse desde ellas. Si generan 85.1% del empleo total, entonces la política laboral debe escucharlas. Si aportan 52% del PIB, entonces la política de crecimiento debe ponerlas al centro. Y si 67% sigue en la informalidad, entonces la política pública debe preguntarse qué estamos haciendo mal para que cumplir sea tan difícil.
La economía real no está esperando discursos. Está esperando soluciones.
Cada trámite que se simplifica puede ser un negocio que nace.
Cada negocio que se formaliza puede ser un empleo que se protege.
Cada crédito que llega puede ser una empresa que crece.
Cada pago digital que se facilita puede ser una venta que se concreta.
Cada acto de autoridad que se vuelve transparente puede ser una extorsión menos.
Cada cortina que se levanta puede ser una familia que sale adelante.
México no se construye solo desde los grandes proyectos. También se construye desde el mostrador, desde la caja, desde la cocina, desde el taller, desde la habitación de hotel, desde la mesa de trabajo y desde cada negocio familiar que decide abrir un día más.
Ese país merece menos obstáculos y más oportunidades.
Ese país merece que la formalidad convenga.




