T-MEC 2026: cuando la revisión también es presión

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La revisión del T-MEC no debe entenderse únicamente como un procedimiento comercial. Es, en realidad, una prueba de confianza para Norteamérica. Lo que está en juego no es menor: la certidumbre para invertir, la fortaleza de las cadenas productivas y la capacidad de México, Estados Unidos y Canadá para consolidarse como una región estratégica frente a un mundo cada vez más competido.

El fundamento se encuentra en el Artículo 34.7 del T-MEC, denominado “Revisión y Extensión de la Vigencia”. Dicho artículo establece que el tratado tendrá una vigencia de 16 años a partir de su entrada en vigor, salvo que cada Parte confirme su deseo de extenderlo por un nuevo periodo de 16 años.

También señala que, en el sexto aniversario de su entrada en vigor, la Comisión deberá reunirse para realizar una revisión conjunta del funcionamiento del acuerdo.

Si los tres países confirman por escrito, a través de sus jefes de gobierno, su voluntad de extenderlo, el T-MEC se prorroga automáticamente por otros 16 años. Pero si una de las partes no confirma esa extensión, la Comisión deberá reunirse cada año durante el resto de la vigencia del tratado.

Ahí se encuentra el verdadero riesgo: no necesariamente en la terminación inmediata del T-MEC, sino en que el acuerdo permanezca vigente bajo una amenaza recurrente.

El analista estadounidense Christopher Sands, de Brookings, ha advertido que no está claro si esta primera revisión conjunta concluirá en renovación, revisión o terminación. Su lectura apunta a un escenario posible: que Estados Unidos no se retire del tratado, pero tampoco lo renueve plenamente en 2026, permitiendo revisiones anuales que eviten el caos de una salida total, pero mantengan puntos permanentes de presión para Washington.

Esa posibilidad debe tomarse con seriedad. Para Estados Unidos, especialmente en una coyuntura electoral, la revisión puede convertirse en una herramienta política. A Donald Trump no necesariamente le conviene romper un tratado que él mismo presentó como uno de los grandes logros de su primer gobierno. Le resulta más útil mantenerlo vivo, pero condicionado.

En otras palabras: no destruirlo, sino utilizarlo como palanca para exigir nuevas reglas, mayor contenido regional, presión frente a China, compromisos laborales, seguridad fronteriza y ajustes en sectores estratégicos como automotriz, acero, agricultura, energía y logística.

El problema es que una estrategia útil para la política interna estadounidense puede convertirse en una fuente de incertidumbre para las empresas. Una planta, una cadena de suministro, un proyecto logístico o una inversión manufacturera no se planean a un año. Se planean a 10, 15 o 20 años. Si cada año se abre la posibilidad de revisar condiciones, modificar reglas o presionar políticamente, la inversión se encarece, se retrasa o busca otro destino.

México debe entender el juego con claridad. No basta con defender el tratado; debemos demostrar que somos indispensables para la competitividad de Norteamérica.

Sin México, la región pierde capacidad productiva frente a Asia. Con México, Norteamérica puede producir más cerca, con mayor resiliencia, menor dependencia externa y cadenas de valor más fuertes.

Para lograrlo, México debe cuidar tres frentes: cumplimiento, competitividad y confianza. Cumplimiento para evitar pretextos; competitividad para atraer inversión; y confianza para que las reglas no dependan del humor político de cada año.

También debemos recordar algo fundamental: el T-MEC no solo importa a las grandes industrias exportadoras. Su impacto llega a los negocios familiares, al comercio, los servicios, el turismo, la logística, los proveedores locales, hoteles, restaurantes, agencias, talleres, comercios y empresas que viven alrededor de las cadenas productivas. Cuando hay inversión, hay consumo; cuando hay consumo, hay empleo; y cuando hay empleo, los negocios familiares se fortalecen.

El escenario menos favorable sería un T-MEC vivo, pero debilitado por la incertidumbre. El mejor escenario para México es una renovación con certidumbre, reglas claras y visión regional de largo plazo. Y si Estados Unidos decide jugar con presión anual, México debe responder con inteligencia: sin confrontación innecesaria, pero sin pasividad.

La revisión del T-MEC será una prueba de estrategia nacional. No se trata de resistir por resistir. Se trata de negociar con datos, unidad y visión.

Porque el futuro de Norteamérica no se construye con amenazas anuales. Se construye con confianza, cumplimiento y una convicción clara: México no es el problema del T-MEC; México es parte indispensable de su solución.

Octavio De la Torre de Stéffano
Octavio De la Torre de Stéffano
Presidente de CONCANACO SERVYTUR México y Asamblea Nacional de Empresas y Negocios Familiares.

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